¿Os suena el cine-collage? El concepto es simple: hacer cine a partir de imágenes de revistas, fotos o secuencias de largometrajes… y con un buen par de tijeras.
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Elena Oroz
Piedra, papel y tijera. El collage en el cine documental es el segundo volumen, tras el Metraje encontrado. La apropiación en el cine documental y experimental,
que el año pasado se publicó en nuestro país relacionado con el uso de
la imágenes apropiadas en el seno de la no ficción. Frente al carácter
panorámico del libro de Antonio Weinrichter, donde el found footage
se estudiaba, trazando un más que necesario recorrido histórico, de
acuerdo a su uso en el cine comercial, el documental y el experimental, Piedra, papel y tijera acota, ya de partida, más su objeto de interés, centrándose en la práctica más concreta, pero no por ello menos elusiva, del collage.
Si la consideramos elusiva no es sólo por la
dificultad inherente a toda traslación conceptual de un medio a otro (en
este caso de la pintura al audiovisual), sino porque, como constata Maria Luisa Ortega
en su ensayo, “la omnipresencia y la laxitud significativa del término
al documental quizás haya condicionado la ausencia de reflexión teórica
al respecto” (p. 104). Y es precisamente en relación a éste último
aspecto, por su rigor teórico y su indudable poso reflexivo, que Piedra, papel y tijera
se convierte en un libro fundametal para comprender algunos de los
rasgos de una de las prácticas dominantes de la cultura audiovisual
contemporánea.
Dividido en once capítulos que se suceden de forma
cronológica (desde las primeras vanguardias del siglo XX hasta autores
que trabajan en el siglo XXI), el volumen editado por Sonia García López y Laura Gómez Vaquero, cuenta con un nutrido grupo de especialistas y con importantes firmas internacionales que se detienen en películas (Guernica de Alain Resnais, Az Örvény de Péter Forgács), autores (Arthur Lipsett, Sergei Parajanov, Alexander Kluge, Craig Baldiwn y María Cañas)
y en manifestaciones concretas, como su vertiente política en el caso
de la America Latina de los 60 o la inserción de la palabra escrita en
la imagen como elemento desestabilizador de la narración convencional.
Un enfoque que, lejos de proponer o sugerir una suerte de evolución,
permite visibilizar los puntos álgidos del collage documental y su
continuidad, además de sus conexiones con otras categorías como pueden
ser el cine ensayo, el cine doméstico o el agit-prop. Si bien
el volumen se presenta como una primera e incipiente aproximación, la
lectura transversal de todos sus artículos nos permite extraer los
principales rasgos del collage documental en tanto que técnica, práctica
artística y fenómeno cultural.
En primer lugar, y como técnica, estamos hablando de
obras que yuxtaponen materiales heterogéneos, y generalmente ajenos, y
que evidencian precisamente su fragmentariedad, resaltando cada una de
sus partes, en lugar de proponer un continuum discursvo y formal. Unos
principios que, como señala Antonio Weinrichter en un completo artículo
que contextualiza el collage en las artes plásticas, dinamitaron los
fundamentos del arte hasta el siglo XX (distinción entre alta y baja
cultura, cuestionamiento de la autoría y la originialidad y de la
organicidad de la obra), y que trasladados al campo documental tienen
los mismos efectos desestabilizadores. Lo que el collage documental
cuestiona fundamentalmente es el significado unívoco de la imagen y su
presunta transparencia, a través de procesos de descontextualización y
desplazamiento semántico. Frente al montaje propio del Modo de
Representación Institucional y el del documental tradicional que
“disimmula sus bordes”, a través de técnicas de ensamblaje fluído y una
banda sonora directriz y homogeneizadora de unas imágenes dispares
(archivo, entrevistas, tomas en directo, etc.), el collage documental se
sirve del montage, del ensamblaje de materiales de raigambre vanguardista (Vertov o el montaje contrapuntístico de Eisenstein)
donde: “el fragmento no se niega como fragmento sino que se erige como
fragmento, es más luce como fragmento mediante una doble operación de
yuxtaposición y de descontextualización” (p. 86). Por otra parte, no
podemos olvidar que, trasladado al medio audiovisual, en el collage es
indispensable el tratamiento del sonido de forma igualmente
fragmentaria, un aspecto en el que profundizan autores como Maria Luisa Ortega, Nancy Berthier y Willian C. Wees, específicamente.
Respecto a su dimensión cultural, el collage también
se aborda aquí como un fenómeno característico, si bien no exclusivo, de
la modernidad (la industrialización y la producción en serie), cuyos
rasgos y efectos se agudizan en la segunda mitad del siglo XX. Como
afirman las editoras del volumen el collage “se revela como una práctica
idónea para retratar el malestar y la desesperación de una sociedad
opulenta” (p. 21), unas cuestiones que aparecen en las aproximaciones
que realizan Wees, Albert Alcoz, encargado de analizar la obra de Craig Baldwin, y Laura García Vaquero, quien presta atención a las películas de Guy Debord
y a los principios de la Internacional Situacionista. No obstante, en
este punto cabe señalar, que se echa de menos en un volumen de estas
carácterísticas una actualización y re-contextualización de estos
debates (transmisión de conocimiento, crítica mediática y fair use,
entre otros), sobre todo si tenemos en cuenta la preminencia que tiene
el collage, la apropiación y la remezcla en el audiovisual
contemporáneo, como ya señalara Miguel Fernández Labayen en su día, a través de otras prácticas audiovisuales colindantes como pueden ser el culture jamming, el Vjing, el mashup, y su proliferación en Internet a través de las piezas realizadas por usuarios anónimos o firmas colectivas.
Por último, otra de las notables aportaciones del libro es constatar cómo sus artículos, a medida que perfilan la forma collage,
desdibujan la noción de documental en su concepción más tradicional. Y,
aunque pueda parecer a priori paradójico, esto ocurre especialmente
cuando se analizan sus orígenes o cuando se abordan cuestiones
fundamentales como el carácter indicial de la imagen fotográfica. Así,
en su certero y concreto ensayo sobre las primeras vanguardias (a través
de trabajos de Man Ray y László Moholy-Nagy),
Sonia García López propone el documental no sólo como un discurso sobre
mundo histórico, sino como una práctica abierta a la realidad
sensorial. La técnica del rayograma que Man Ray aplicó a películas como Le Retour à la raison
participa de la “logica documental” (a través de la impresión del
objeto en el material fotosensible), al tiempo que explora y amplia
nuestra capacidad perceptiva, siempre a través de y gracias a
la tecnología cinematográfica. De hecho, la autora señala cómo los
principios constructivos del cine-ojo vertoviano estarían presentes en
el cine de Ray quien, desde una perspectiva surrealista, habría
concebido la cámara y el montaje como elementos no para registrar sino
para organizar la realidad y sus fenómenos, aunque en su caso fuera
atendiendo a parámetros de índole claramente subjetiva y onírica.
Dziga Vertov es de nuevo
reinvindicado por Maria Luisa Ortega en un artículo dedicado a analizar
el collage en Latinoamérica, cuando apunta cómo su programa fílmico y
políticoya contenía muchos de los principios que rigen el collage. De
este modo, Ortega subraya cómo el collage no sería, por tanto, una
práctica excepcional dentro del cine documental, sino que sería
consustancial a sus orígenes, y habría tenido una presencia constante,
que no preponderante, dentro del documental (y así lo evidencia el
propio libro, como ya hemos comentado). De este modo, cineastas como Santiago Ávarez, Nicolás Guillén Landrián y obras como La Hora de los Hornos de Fernando Solanas y Octavio Getino
participan de un mismo espíritu vertoviano: mostrar la realidad tal y
como es comprendida en términos de análisis y acción políticos (p. 117).
Son obras que, además, incluyen el collage sonoro (igualmente señalado
como fundamental en el completo análisis que de Guernica de Alain Resnais realiza Nancy Berthier),
a través de las relaciones contrapuntísticas que éste establece con la
imagen, y mediante su fragmentación y dislocación. Unos sonidos y unas
palabras que, por otra parte (y más allá de lecturas simplistas) si
muchas veces apelan directamente a la imagen se insertan, como
acertadamente señala la autora, “en un montage donde no sólo se
tiene en cuenta lo que se dice y cómo se dice, sino el lugar desde el
que se enuncia, la huella ideológica.” (p. 132). De igual forma se
posiciona el especialista William C. Wees, cuando analiza el trabajo de
Arthur Lipssett dentro del National Film Board de Canadá y sus
excelentes films Very nice, Very nice o 21-87,
y señala cómo si bien el sonido se conforma como guía en estos filmes, es importante prestar atención a “hacia dónde guía”. En el caso de Lipsset, Wees observa cómo el audio (en relación literal o metafórica) alude a la imagen no para anclarla, sino para prolongar y/o desvíar su sentido semántico. O en sus propias palabras, sus películas explicitan “la insistencia de la imagen en continuar un recorrido no seguido por la banda sonora” (p. 184).
y señala cómo si bien el sonido se conforma como guía en estos filmes, es importante prestar atención a “hacia dónde guía”. En el caso de Lipsset, Wees observa cómo el audio (en relación literal o metafórica) alude a la imagen no para anclarla, sino para prolongar y/o desvíar su sentido semántico. O en sus propias palabras, sus películas explicitan “la insistencia de la imagen en continuar un recorrido no seguido por la banda sonora” (p. 184).
Desde un posicionamiento que a priori podríamos calificar de antagónico, Mahlin Walhber
realiza interesantes matizaciones sobre otro de los debátes clásicos
del documental como su carácter indicial a la hora de analizar el uso
del material doméstico con el que el cineasta Péter Forgács realiza sus
particulares relatos micro-históricos.
La noción de la imagen-huella se
convierte en un punto de partida para analizar el carácter documental de
las películas domésticas con las que trabaja el cineasta húngaro, sin
pasar por alto que, la capacidad de registro mimético de la fotografía y
del cinematógrafo, no es suficente para aprehender el significado de
una imagen. Éste depende del contexto y la distancia histórica al tiempo
que se ve atravesado por nuestra memoria, deseos y afectos, a nuestra
actitud hacia ella (p. 261). La imagen-huella, por tanto, siempre se
inscribe en un proceso de “animación” que la autora analiza certeramente
en el caso del filme Az Örvén, al identificar las estrategias
narrativas, ópticas (coloración, sobreimpresión) y sonoras, que usa el
cineasta para convertir estas foto-huellas en “imágenes memoria”,
capaces de apelarnos emocional y cognitivamente, imágenes que nos
incumben (a pesar de su carácter particular y privado) y que se insertan
en los discursos oficiales de la Historia.
En definitiva, estamos ante un libro más
que notable plagado de observaciones y reflexiones cuya lectura no sólo
permite extraer conclusiones sobre el collage, sino que también invita a
repensar el documental y su historia en relación a los términos con los
que clásicamente se ha estudiado: sobriedad, objetividad y realismo.
CineCollage, developed by Litvak, is a new technique that has allowed the sprawling period piece to be filmed on an indie budget. Films have used layered images before (...) “Saving Lincoln” marks the first time cinematic collage will be used for every scene in a feature film. “Saving Lincoln” also marks the first time the technique has been officially branded.
CineCollage creates a collage by using existing images as a backdrop, according to the release:
“The process combines off-the-shelf visual effects tools with techniques borrowed from theater, animation, and photography. A typical scene contains live-action elements – including principal actors, tiled layers of extras, furniture and props – all shot on a green screen stage, as well as multiple layers of location and architectural elements culled from period photography. The layers are composited together to create a stylized look that works hand in hand with the story’s narrative structure: in this case, Marshal Lamon’s very personal recollection of his friend, Abraham Lincoln.”Litvak said about the production process, “We had a huge story to tell, and we were determined to tell it. During our research, we dug into the enormous trove of Civil War photography in the Library of Congress, and I visualized scenes taking place in those locations.”
“In the wake of movies like ‘Sin City’ and ‘300,’ I realized we could use the photos to replace physical sets,” he said. “Of course, the process was far more complex and time-consuming than I imagined, but thanks to an extremely creative and passionate team, we were able to make ‘Saving Lincoln’ a reality. Further possibilities for CineCollage are unlimited, particularly for subjects that can exploit well-photographed periods and locations.”
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